Historia de un bebé prematuro y sus papás.

La intención de publicar esta historia es hacer ver, a todas las pre-mamás, pre-papás, mamás, papás y familiares, que claro que ocurren tragedias tanto en el embarazo, como fuera de él y que también hay partos prematuros. Y aunque de todo eso no solemos leer nada, porque nos hacen ver que todo lo relativo a la maternidad tiene que ser maravilloso, hay veces que no es así.

ÁNIMO a tod@s los que se os ha torcido un pelín la vida. Creedme que tarde o temprano todo vuelve a su cauce. Os dejo con mi historia.

Erase una vez…

Una pareja de jovencitos enamorados y casados que disfrutaban de la nueva vida juntos. A pesar de llevar bastante tiempo de relación,  tenían muchos planes que deseaban cumplir, uno de ellos ser papás.

Un día la chica, con tantas ganas de ver el positivo en ese cacharrito infernal, ese que tantos disgustos le había dado durante un año entero, decidió que era el último que se hacía. Sin ninguna esperanza, se lo hizo y de repente ¡¡¡2 rayas!!!

El positivo estaba ahí, delante de sus ojos, los cuales se llenaron de lágrimas al dar la bienvenida a esa cosita, que ya, sin saberlo, crecía dentro de ella. Esa personita tan especial que había estado buscando tanto tiempo y que les iba a hacer tan felices a los dos.

El tiempo pasaba rápido. Locos de contentos preparaban, compraban, hacían y deshacían sólo pensado en su futuro hijo, ese hijo que tanto alegro a su papá cuando le dijeron que ¡¡iba a ser un niño!! ¡¡El niño de sus ojos!! Le vieron la carita en una foto de esas nuevas, sí,  esas en 4D, ¡que emoción! Todos decían que era igual que él, emocionados seguían a la espera.

Una noche, cuando ella estaba embarazada de 25 semanas, él se puso malo. Corriendo llamaron a  una ambulancia y se fueron al hospital, con lo que parecía solo un susto, de nuevo a casa, al día siguiente volvieron al hospital. Después, ya en casa y aunque seguía sin encontrase bien parecía que sólo era algo sin importancia, pero esa noche siguieron los dolores y cuando fue a beber agua a la cocina, ¡buuummm! Un golpe.

Ella comenzo a llamarle desde la habitación pero él no contestaba. Corriendo se levantó a por él, y cuando llegó, estaba caído en el suelo de la cocina. Nunca más se levantó.



Sumida en el más profundo dolor, pasó los días, 22 exactamente. Cuándo de repente, un dolor  y otro y otro más. En el hospital la dejaron ingresada, estaba de parto.Era un parto prematuro,  no podía salir todavía, era muy pequeño. Le pusieron medicación, corticoides para madurar su pulmón, más medicación.
Hasta que 6 días después nació él, Andrés, como su padre 1.370 gr. Y respirando por si mismo,fue directo a la incubadora de la uci de neonatos.

Ella revivió, aunque nuevos y oscuros nubarrones, se acercaban a ella, en forma de miedos y terrores por esa cosita que acababa de nacer. ¿Sobrevivirá?  ¿Tendrá secuelas?  ¿Sabré cuidarle? ¿Podré yo sola?  Se preguntaba. Todos los días se levantaba por él,  pasaba las 12h que abría la uci allí con él,  cuerpo con cuerpo. Eran esas las únicas horas en las que su alma estaba en paz.

La primera vez que le vio,  se le encogió el alma. Tan pequeño, tan desválido, con el oxígeno,  las micro vías en aquellos bracitos, pero respiró hondo y le dijo tocandole la manita… “Hijo soy mamá,  no estás solo, ya estoy aquí. ¿Hacemos un trato? Tú aguantas, engordas, te curas, salimos juntos de ésta y yo te cuido toda mi vida, hasta que me muera,  ¿Te parece tesoro?”. 

Y ahí siguieron, los dos juntos.
Una mañana a los 10 días de nacer, no lo veía bien. Casi no se movía. El médico se acercó y le dijo que iban a estar pendientes de él,  y que le harían pruebas en el caso de que fuera a peor. Esa tarde, cuando ella estaba esperando a que abrieran la uci para estar de nuevo con él, salió una enfermera y le comunicó que era su hijo y que saldría el médico a hablar con ella. Sólo pensaba en lo peor y en como hacer para quitarse la vida si a él,  su hijo y el pedacito que le quedaba de su marido, le pasaba algo. No podia soportar más dolor. Salió el doctor y después de estar esperando toda una larga tarde sin poder tocarle, la prueba que les confirmaría el horror o la esperanza, entró el medico se sentó a su lado ¡por fin llegó y era buena! ¡No tenía nada! Con el tratamiento que tenía ya puesto, se pondría mejor.

El pequeño comenzó a engordar. Aprendió a regular su temperatura, ya no le daban apneas, mamaba muy bien, y se tomaba todo su bibe después. Él cumplió su trato.

Después de 31 días de estar en hospital, se lo llevó a casa. Ese día cuando le vistió con su ropita para por fin llevárselo, aún con tantos miedos como esperanza y paciencia, la vida de repente se le hizo más fácil. Él crecía sano, feliz ,sin que se le notara todo lo que ya llevaba vivido siendo tan pequeño, sin secuelas más allá de ser un culo inquieto como buen gran prematuro y ajeno a  todo lo que había pasado.

Su mamá le hablaba todos los días de su papi, ese que le cuidó desde que nació. Sí hijo…¿ves esa estrella? Pues esa es papá y te cuidará siempre.  Le decía.

Andrés hoy tiene 6 años ( ahora 9) y es un niño normal, inquieto eso sí, feliz y el ojito derecho de su madre. Ella siempre le dice que le salvó la vida y la felicidad. Le encanta que ella le cuente “su historia” y le gusta que le hablen se su papá del cielo.

¿Y ella? Ella siguió adelante por los dos, porque así se lo prometió a él,  y aunque sobreprotegiendo al pequeño y mirando si respiraba cada vez que se dormía, le dejo crecer feliz, intentando que aprendiera a disfrutar de la vida y a vivirla levantándose una y otra vez si se caía.

Cuando pasó el tiempo, recuperada y con el recuerdo de él guardado en un cofrecito del tesoro en su corazón, comenzó a vivir. Volvió a apreciar la vida, volvió a emocionarse, y ¿sabéis que? Volvió a enamorarse. De un hombre maravilloso en quien poder refugiarse cuando los recuerdos aflorasen y con el que poder disfrutar de la vida.

Y con el que pasado el tiempo y como regalo de la vida, tuvo otro hijo. Esta vez pudo vivir ese embarazo plenamente, más madura, más sabía y con el amor ésta vez si ,de su pareja y de su hijo mayor.

Dicen que esta vida aprieta, pero no ahoga. Vívela, disfrútala y aprovecha los momentos ¡¡La vida siempre da otra oportunidad!!

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